sabor a hez

April 14, 2009

No sé que pensar del homenaje, del recuerdo. Me ilusiona imaginar que la aceptación social puede llevar al más idolatrado de los personajes, al más honrado, a contemplar el resto de los días hasta la implosión del universo con los ojos velados por los chorros de excremento aviar que descenderán en torrente por su broncíneo busto. Espero que mi efigie la encarguen con la lengua fuera.

El Demiurgo

January 12, 2009

El lugar donde se crean las palabras es una pequeña habitación donde un señor desnudo expulsa por su culo grupos malolientes de letras que acto seguido otro señor, persona viva con un cretinismo extremo mas desarrollado, ordena a su antojo.

December 11, 2008

Constantine Borowski

Constantine Borowski supo a ciencia cierta que éste era el momento, sería huir ahora o condenarse a sabe Dios que torturas en habitaciones húmedas y mal olientes. La llegada de los rusos no era más que la guinda de un pastel encargado hace tiempo. Él no tenía escapatoria. Ser judío y colaboracionista no iba a estar muy bien visto en los tiempos que estaban por venir.

Emprendió un movimiento de fuga veloz. No se podía permitir contemporizar. A los pocos días de su salida de los aún territorios del Reich dio con sus huesos en uno de los abundantes refugios nazis diseminados por las Rías Baixas gallegas. Allí esperaría el momento. Debía esperar noticias; en que barco partiría hacia Sudamérica, cuál sería el puerto de llegada, su destino final junto con sus “correligionarios”…

A las tres semanas de espera perdió toda esperanza de recibir noticias de nadie del Partido. Estaba un poco triste y defraudado, pero en su interior había previsto esta situación un millón de veces, sólo cambiaban los contextos. Nunca lo habían tratado como a un igual. Esto era la evolución lógica de todos esos desprecios de antaño, de esas conversaciones con tonillos despectivos. Tantas esperanzas, promesas…

Decidió no perder más tiempo en las posibles variantes de su vida de no haber sido judío, de no haber colaborado, de haber dejado sus estudios a un lado por causa de sus intentos por medrar.

Se sabía un despojo y no pensaba en otra cosa que en la redención

Buscó una morada definitiva con la intención de asentarse en el lugar donde el destino le había escupido y de retomar sus estudios de comunicación animal. La experimentación era su vida, así había sido y así sería.

Definitivamente acomodó sus posaderas en una casa unifamiliar de modesto tamaño, en la parroquia viguesa de Chandebrito. Allí se aisló del devenir histórico, ajeno a todo lo que acontecía en el mundo.

Consiguió, a través del tendero del pueblo, una pareja de perros de raza totalmente indeterminada. Y con la sola compañía de estos canes y toda su prole pasó las siguientes cinco décadas. Todo lo que sus vecinos supieron de él en este tiempo es que su dieta se limitaba a repollo y unas cuantas variedades de chorizos y salchichas y que de su casa sólo salían ladridos y gritos en alemán.

Un día Borowski, ya octogenario, salió de su casa al atardecer. Con el pecho henchido y los ojos perdidos en el horizonte, gritó al cielo: Das Ende einer Ära!!”[1]

Entró de nuevo en la casa y presuroso subió las escaleras que le separaban del fallado. Allí la estampa era esperpéntica; en el centro de la estancia había un aparato enorme que la ocupaba casi toda. Era una esfera metálica con una pequeña pantalla de un tono verdoso. A ambos lados la esfera tenía unos altavoces tambien redondos. En la parte trasera tenía una especie de antena telescópica y dirigible.

Delante de la maquina había dos perros, macho y hembra, ladrando.

De los altavoces salían palabras en alemán: “Bitte mich Meo. Diese Situation ist unhaltbar”[2]

Constantine se coló por un lateral de la máquina y abrió la única ventana que había en el fallado. Comenzó a estirar la antena y a dirigirla hacia la ventana, hasta que salió más o menos un metro.Dentro ya sólo se escuchaban los ladridos pues las alocuciones en alemán habían cesado de emitirse por los altavoces. Constantine bajó a los perros a la parte de abajo y subió de nuevo a disfrutar de su invención.

Un paisano bajaba por el camino tirando de un carro lleno de toxos. Los perros de las fincas que bordeaban el paso se lanzaron vociferantes a los portalones, olisqueando por debajo de estos y ladrando y gruñendo. Los altavoces comenzaron a hablar: “Lage, Lage. Wie Sie es wagen, kommen Sie zu töten. Ich bin stark. Ich bin gefährlich. Außerhalb, wo denken Sie darüber?”[3]

Cuando el paisano hubo desaparecido de la estampa los últimos ladridos de los perros llegaban a la antena y la máquina traducía: “Er war nie passieren”, “ Sie können sagen, dass. Immer, wenn Sie Angst, nicht lernen”, “ Ha, ha, ha”, “Sehen Sie sich, dass Sonnenuntergang”.[4]

Los dos perros ascendieron a las partes altas de las fincas. El sol comenzaba ya a desaparecer entre la neblina rojiza del horizonte, se despedía del mundo dejando a su derecha a las islas cíes en la penumbra. Las gaviotas comenzaron a jalear el acontecimiento, sus graznidos se escuchaban por doquier. Uno de los perros se puso a aullarle a la estampa:

“Waves of the Sea von Vigo,
Wenn Sie sah mein Freund.
Gott gibt es Sie in Kürze?”[5]


[1] El fin de una era”

[2] “Por favor me meo. Esta situación es insostenible”

[3] “Fuera, fuera. Como te atrevas a entrar te mato. Soy fuerte. Soy peligroso. Fuera, a donde crees que vas”

[4]“Nunca se le ocurrirá entrar”

-“Y que lo digas”

-“Siempre consigues asustarlo, no aprende”

-“Ja, ja, ja”

-“Mira que puesta de sol”

[5] “Ondas do mar de Vigo,

se viches meu amigo.

e ai deus se verrá cedo”

Miguel Martillo Sousa

October 15, 2008

Miguel Martillo Sousa, inventor de etimologías, experto en las cosas de las letras y sus combinaciones, sujetaba firmemente el gran diccionario. Un día, uno de tantos, el hiperdesarrollado brazo de filólogo de Miguel Martillo Sousa levantaba el ciclopeo diccionario. Una ráfaga de viento hizo zozobrar el diccionario desmesurado sobre la curtida mano del proverbial brazo de Miguel Martillo Sousa. Con la mala fortuna de ir a parar sobre la cabeza de una preciosa niña, esmagando cabeza y niña.

Miguel Martillo Sousa profirió entonces una frase que no era enteramente improvisada: “Adiós. Que situación tan gramática”

alrepto bértez

August 18, 2008

Alrepto Bertez tiene los ojos verdes, con pequeñas pintas amarillas contorneando las pupilas, que son de una oblicuidad característica, poco corriente. Alrededor del iris la realidad es grisácea, veteada aquí y allá con finos vasos sanguíneos de una tonalidad azulada. Las pestañas, que protegen sus ojos del polvo son inusualmente largas y afiladas. Las cejas arqueadas forman un ángulo en su punto medio y le dan una expresión de sorpresa constante aún cuando duerme. La nariz fina en su inicio se anchea en su descenso hacia la boca, que se dibuja en su cara como si una diestra mano hubiese hecho un fino trazo con un lápiz. Los labios pálidos se confunden con la piel que los rodea, de un color similar al de sus ojos. El corte de la cabeza es afilado y sus orejas, extraordinariamente grandes y alargadas, le confieren un aspecto cuando menos peculiar.

Lleva unos cuarenta minutos con los ojos abiertos y lo único que lo diferencia de un cadáver es el leve movimiento de su pecho al respirar. Un fino rayo de sol se proyecta en su pie derecho, que tiene los cinco dedos extraordinariamente arrejuntados. Los dedos comenzaron a moverse al unísono, al modo de las aletas de una foca, lentamente. Su cuerpo también inicio un movimiento pendular que fue in crescendo hasta que cayó estrepitosamente al suelo. Allí permaneció un momento interminable, boca abajo.

Lentamente colocó las manos con las palmas hacia el suelo elevándolas junto a su cabeza. Aparentemente sin mover un solo miembro comenzó a deslizarse por el suelo en dirección a la ventana. Una vez bajo esta se elevó pegando la parte delantera del torso en la pared.

Los débiles rayos de sol que conseguían acariciar su rostro llegaban exhaustos tras reptar por las paredes de los edificios de la estrecha callejuela hasta la ventana del primer piso.

Con un movimiento inesperado, por lo sorprendente y lo veloz, Alrepto pasó el tronco por una apertura de la ventana por la que aparentemente no tenía espacio para más que un brazo. Inmediatamente se dejó caer levantando las piernas y bajando el tronco bruscamente. Lejos de caer su cuerpo quedó adherido a la fachada del edificio. Comenzó a descender con dificultad, esquivando los motivos florales labrados en la piedra. Avanzaba como un río, evitando las dificultades del terreno. Tras una interminable travesía por la fachada del edificio, deteniéndose cada pocos centímetros, consiguió llegar al suelo de la calle, a escasos metros de la puerta del edificio. Ante él se abría una pequeña plaza en la que confluían tres pequeñas callejuelas viejas, empedradas, grises. Solamente un pequeño rectángulo de luz, que compartían el empedrado de la plaza y la fachada del edificio de Alrepto, diferenciaban la estampa del estereotipo de recuncho en el que Jack el Destripador haría honor a su nombre. En un movimiento inapreciable pero continuo, como si de una placa continental se tratara Alrepto llegó finalmente al lugar idóneo para su imprescindible baño de sol. Allí permaneció unos minutos eternos.

Repentinamente rompiendo de un plumazo la cadencia que había llevado toda la mañana se alzó sobre sus dos piernas y se puso a correr por una de las estrechas callejuelas. Lo único que quedó tras su “huida” fue una frase en el aire, mientras el recuerdo de Alrepto Bértez se desvanecía del lugar.

-Chssss. ¡A trabajar!

lo siento

June 23, 2008

el portal dejo de existir hace tiempo…mejor lo dejamos para otra ocasion….disculpas

tal vez esta pequeña decepcion  tenga un reverso positivo… otra vez disculpas

 

el portal (IV)

March 19, 2008

Una vez dentro de la casa Romualdo invitó a tomar asiento a… -Disculpe, ¿su nombre?

-Puede usted llamarme vecino. Vivo en la casa del camino, esa que esta llendo al ayuntamiento.

El señor Barciademera se extrañó sobremanera con la contestación, pero no quiso incidir mas en el asunto del nombre pues tenía la impresión de que el Vecino era un tipo con malas pulgas. Así pues Romualdo comenzó a exponer los servicios que solía realizar; escritura y lectura de cartas fundamentalmente y en ocasiones talleres de aprendizaje del uso de las letras. Habló tambien de sus tarifas y los lugares que habían tenido la suerte de contar con sus servicios, de los tipos de cartas que había escrito, de su especialidad en redactar anónimos amorosos, de la satisfacción de sus anteriores clientes, de la estima en  que le tenía la dirección de la compañía…

El Vecino no parecía prestar mucha atención y tras unos minutos de monólogo del señor Barciademera espetó un “pues escriba que para eso le pago”. Romualdo un poco irritado se acerco a un pequeño armarito que había en el salón, en el que había guardado sus enseres de trabajo. Caminaba cabizbajo, pensativo, planteándose si esta actitud sería exclusiva del Vecino o si los malos modos serían la manera habitual de interactuar en este extraño lugar que era Ribeira de Arandia.

Una vez estuvo sentado a la mesa junto al Vecino, éste comenzó a dictar:

” Querido mio, siento escribirte esta primera misiva de nuestras vidas para darte tan mala noticia. Querido mio vas a morir. Yo te mataré. Atentamente tu vecino.”

Romualdo terminó de escribir y levantó la cabeza, asustado. –Pero…esto es una broma, ¿no?

-Deme usted esa carta y no diga una palabra de esto. El Vecino arrancó la carta de las manos de Romualdo y le tiró encima de la mesa unas cuantas monedas. Se dió la vuelta y salió por la puerta sin despedirse siquiera. Romualdo se quedó inmovil, turbado por lo que acababa de escribir. Una amenaza de muerte. En sus largos y abundantes años como escribano jamas se había visto en situación similar. Tras pasar un largo rato meditabundo llegó a la conclusión de que todo era una broma de iniciación del Vecino, como el primer paso de un largo proceso que terminaría con la aceptación por parte de los lugareños.

Al día siguiente el señor Barciademera se levantó temprano. Tomó un desayuno compuesto por un zumo de naranja y unas tostadas de pan con aceite. Tras darse una ducha salió al jardín a echar una ojeada ya que se percato de que en el tiempo que llevaba en la casa todavía no le había prestado atención, solamente lo había visto de pasada el día de su llegada.

La verdad es que estaba bastante descuidado, la primera vez que lo vio le había parecido un poco más bonito, agradable. El seto que separaba el terreno del monte circundante, en la parte sur de la finca parecía una especie de afro gigante, como los pelos de los brazos cuando te quitas una camisa cargada con electricidad estática. En sólo unos dias daba la impresión que había doblado su tamaño. Alrededor de los frutales se amontonaban limones y manzanas ya maduros y parecía que las silvas querían tomar al asalto la finca saltando el muro de piedra que la cerraba por el este. Romualdo decidió acercarse hasta el bar para informarse de si había alguien en el pueblo que se encargase de adecentarle el jardin.

(continuará…y ya queda menos)

el portal (III)

March 10, 2008

-Buenas tardes. ¿Señor alcalde?. Dijo Romualdo alargando la mano hacia el mas grande de ellos.
-Para servirle. Contestó este, sonriente. -¿Con quién tengo el gusto de hablar?.
-Me llamo Romualdo Barciademera. Me han dicho que estaba usted aquí y vengo a presentarle mis servicios, por si usted me puede ayudar a hacerme conocer entre el vecindario.
-¿Y cúal es su labor, señor Barciademera?. Por cierto me llamo Iván Bértez. Dijo el alcalde mientras indicaba a la camarera que trajese otro vaso.
-Soy escritor, señor Bértez. Escritor de cartas. La compañía para la que trabajo ofrece un servicio de escritura de misivas destinado a gente incapaz de ello. Nuestro servicio de información nos ha dado un informe en el que situan a Ribeira de Arandia a la cabeza del analfabetismo de la nación.
-Si lo que pretende es insultar a los Arandeses puede usted irse por donde ha venido, señor Barciademera.
-No discúlpeme alcalde, no era mi intención que se tomase a mal mis palabras. La compañía sabe que las causas del analfabetismo tienen una raiz social, en absoluto relacionadas con la inteligencia. Nosotros prestamos el servicio con la finalidad de facilitar las relaciones entre los arandeses.
La mujer posó el vaso en el barril delante de Romualdo-No gracias. Dijo este.
-¡Niega nuestro vino!. Interpuso airado el señor bajito, que daba así la primera señal de estar todavía vivo.
Romualdo se encontró realmente incómodo por como estaba derivando la conversación. Le daba la impresión de que sus interlocutores estaban un poco a la defensiva. Volvió a disculparse ante el alcalde y el señor bajito. Explicó que su negativa al convite tenía razones de salud e intentó redirigir la conversación al ámbito del que nunca debia haber salido, el meramente laboral.
– Señor Bértez, y compañía, sólo le pido si puede publicar el sevicio que ofreceré a los arandeses en el próximo bando municipal. Los interesados se podrán poner en contacto conmigo en la segunda casa de Pozasalgada. Seguramente pasaré allí la mayor parte del día, de todos modos supongo que nos volveremos a ver por aquí.
Romualdo se despidió con una gran reverencia y reiterando sus disculpas. Por dentro marchaba decepcionado, pues pensaba que su introducción en la sociedad arandesa no podía haber sido más desafortunada. De todos modos estaba convencido de que sus servicios serían útiles a los arandeses y no tardaría en comenzar a recibir encargos. Llegando a su casa le pareció extraño ver a una persona a la puerta de la vivienda. Se sorprendió aún más cuando se dió cuenta que se trataba del señor bajito que minutos antes compartía bebida en el bar con el alcalde. No comprendía como la había podido adelantar, pues no había visto ningún camino que llegase a Pozasalgada que no fuese el que el había tomado desde la plaza del ayuntamiento.
Cuando ya estaba a unos metros de la puerta el señor bajito se le acercó.
-Hola de Nuevo. Dijo Romualdo
-Buenos días, venía a informarme un poco más sobre sus servicios.
-Pase, pase, por favor
Romualdo abrió la puerta invitando a pasar a su posible primer cliente (el señor Barciademera no podia dejar de estar tenso recordando el encuentro con el señor bajito en el bar).

(continuará… y espero que pronto)

el portal (II)

March 6, 2008

El primer pozasalgadense que salió a su encuentro fue un perro palleiro que, aparentemente sin amo, cuidaba el camino. Parecía exhortar al recién llegado sobre los peligros de adentrarse por esa senda, las maldiciones que podrían caer sobre sus hombros. Así como Romualdo dio un paso, el perro, de un color marrón sucio y con unas legañas que oscurecían aún más sus ojos, se escabullo entre los helechos. El camino comenzó a adoptar cierta inclinación y desde esta situación mas elevada podía verse el minúsculo valle con el pequeño y serpenteante río (si es que es este el nombre que se le puede atribuir a esta vergüenza del Miño) flanqueado solamente por tres viviendas. Tres casas de piedra gris, enmohecida y veteada de musgos y líquenes. Las tres de unas características similares pero muy diferentes entre sí. Tenían todo con lo que el demiurgo había dotado a la casa ideal; tejado, paredes, habitáculos bien diferenciados según su función, un poco de terreno de cultivo y un carballo.

Romualdo había sido informado de que distinguiría su nueva casa por una veleta coronada por una rana situada en el tejado. Era la segunda bajando por el camino, debía estar a unos doscientos metros de la primera. El señor Barciademera todavía seguía un poco turbado por el primer encuentro con el can cuando llegó a la altura de la primera casa, echo un vistazo a la fachada y vió como se movía un pequeño visillo de una de las ventanas del piso superior. Esto no le sorprendió, ya habían sido alertados. Unos metros mas alante, justo al terminar la fachada había un portalón metálico, con verja en la parte superior, Romualdo pudo ver allí dentro, mirándole con indiferencia directamente a los ojos, al orador canino muy tranquilo ahora en sus dominios. Siguiendo camino abajo Romualdo deambulaba melancólico por la acción de la vegetación en su espíritu, los árboles a su alrededor, con sus olores y sus voces, le abrían puertas a recuerdos de infancia. Llegó a la puerta de su nueva casa casi sin darse cuenta, metió la mano en el bolsillo y con una gran llave de hierro abrió la pesada puerta de madera. La casa era de una sencillez extrema, los muebles brillaban por su ausencia, los justos para una persona parca en posesiones, justo el caso del señor Barciademera. Vació su maleta en el armario de la habitación. Una vez ordenadas todas sus cosas decidió dormir una pequeña siesta antes de dar una vuelta por la zona para darse a conocer entre los lugareños con la intención de publicitar sus servicios, pues le habían informado en la empresa de que este puesto no había sido solicitado por las autoridades locales, sino que habían sido ellos de motu propio los que se habían interesado en la extensión de actividades a esta zona.

El señor Barciademera despertó agitado, con cierto sobresalto. Lo ultimo que recordaba era al perro del vecino sentado junto a el en una especie de taberna compartiendo una botella de orujo y hablando distendidamente sobre los beneficios de la vida en el rural. Romualdo se puso la chaqueta y salió dispuesto a ir en primer lugar al ayuntamiento para presentarse a las autoridades. Salió de casa y bajó el camino, a medida que se iba allanando la pendiente el camino comenzaba a discurrir a la vera del río y unos metros más alante vio la última casa de pozasalgada, justo antes de adentrarse en la parroquia de Arandia, centro administrativo y comercial del pueblo. Allí se encontraban el ayuntamiento, el mercado de abastos y el bar.

Una vez ante la puerta de la casa consistorial un bedel le informó que el alcalde no se encontraba en estos momentos pero que seguramente podría encontrarlo en el bar al otro lado de la plaza. Romualdo se dirigió hacia allí preguntándose si la función del alcalde tendría algún tipo de utilidad en este lugar tan disgregado.

Al pasar la puerta del bar (situado en una casa de piedra con soportales en su frente) sus ojos tuvieron que acostumbrarse a la poca luz. Tras unos segundos Romualdo se encontró en un reducido espacio cuadrado, con las paredes encaladas y con dos grandes barriles a modo de mesas en sus lados. Al fondo se veía una pequeña barra de madera (un tablón sobre cuatro barriles) tras la que una mujer de edad indeterminada pelaba patatas. En uno de los barriles dos hombres callados miraban fijamente al señor Barciademera. Uno de ellos era pequeño, no debía medir más de un metro cincuenta y cinco. Era viejo, o al menos eso indicaba su rostro, llevaba una boina que tapaba su duro pelo gris. El otro de unos cincuenta años y con buen porte, sujetaba un bastón en la mano derecha, demasiado corto como para servir de apoyo a un hombre de su envergadura. Romualdo en seguida reconoció en el al alcalde. Los hombres compartían bebida de una jarra blanca, a pesar de que sus vasos estaban vacíos el color de sus labios delataba al vino que les acompañaba.

(continuará…)

el portal (I)

February 29, 2008

Las líneas avanzan inapelables. Formando grandes rectángulos. Como teclas de un teclado, todas en su sitio. Sin conocer otra realidad que el orden eterno, la distancia precisa, la uniformidad. A veces cambia el patrón y los rectángulos se convierten en cuadrados incluso en triángulos, aunque estos últimos son menos frecuentes. Cualquier cosa es posible, cualquier forma, cualquiera que no se salga de la repetición y de la monotonía. Pero ¡zas! Llega un punto en que todo esto salta por los aires, que se echan por tierra -nunca mejor dicho- todas estas reglamentaciones, estos corsés. Un punto de no retorno, un lugar en que la realidad se transforma, se desfigura, cambia de olor, de color y da lugar al libre albedrío, a la anarquía. Tal vez este cambio se deja entrever antes, cuando de entre las líneas comienzan a nacer elementos discordantes, brotan informes, aleatorios… como un insulto a la perfección lineal. Como pequeños puntos que se rieran de la incapacidad de las líneas, puntos libres. Cada vez se hacen más recurrentes e incluso sucede a veces que la frontera entre los dos mundos no se define claramente debido al trabajo silencioso de estos puntos libres, de estos profetas del cambio. El verdor de estas primeras señales de vida contrasta con la blancura mortecina de esta linealidad inerte. Los pequeños brotes de plantas que se asientan en la acera deforman la monotonía de esta, prefiguran el espíritu aleatorio de la naturaleza. Ese conformismo del camino prefijado, esa representación de nuestra sociedad estancada, tiene poco que hacer en la naturaleza. Ella sólo deja hacer hasta donde le apetece y sólo convive con elementos que no le sean del todo hostiles, que se amolden a ella.

El señor Barciademera se encontraba dentro de un torbellino cognitivo, la simple visión del final de la acera de cemento que dejaba su lugar a un camino de tierra le había sumido en una digresión interminable sobre la dualidad de la creación, la capacidad de adaptación del ser humano y, subyacente siempre en sus cavilaciones, la incerteza sobre la naturaleza de las gentes que se encontraría en su nuevo destino, Ribeira de Arandia. Romualdo, pues ese era el nombre del señor Barciademera, ya había estado antes por estos lares, pero hacía tanto tiempo que casi no lo recordaba. Sólo recordaba haberse dado un buen homenaje en una tasca local, a base de pulpo y vino. Pero eso fue hace mucho tiempo y Romualdo ya no prueba el vino y ha dejado de tener presente el sabor del pulpo. En aquella ocasión Romualdo había llegado a Ribeira de Arandia por casualidad en una de sus múltiples excursiones vacacionales, pero esta vez… esta vez se encontraba allí por imperativo laboral.

Ribeira de Arandia era un pueblo muy pequeño, lo que los lugareños daban en llamar una aldea, dividida en parroquias y estas a su vez en lugares, lo que hacía que finalmente sus habitantes viviesen casi cada uno en circunscripciones administrativas distintas, sintiéndose así todos un poco diferentes de los demás y teniendo conciencia de grupo sólo cuando enfrentaban un elemento externo. De esto no tardo mucho en percatarse el señor Barciademera.

Romualdo llego a Ribeira en un coche de línea que unía de manera irregularmente regular la aldea con la capital de la provincia. Él pensaba que el trayecto tomaría a lo sumo una hora, pero debido a lo tortuoso de los caminos el señor Barciademera no llegó a la hora de comer, tal como había planeado, si no que llego algo mas tarde, a la hora de la siesta. Bajar del autobús solo (durante casi todo el trayecto había ido solo, pues el único hombre que compartió el coche de línea bajó con sus enseres una decena de paradas antes de cruzar el cartel de Ribeira de Arandia) y encontrarse con la desoladora imagen del pueblo vacío lo sumió en una especie de sensación de irrealidad de la que no salió hasta toparse de frente con la vereda que conducía a su nuevo hogar, segunda casa de la parroquia arandesa de Matalobos, lugar de Pozasalgada.

(continuara…)