re presión (II)

February 25, 2008 by berobreo

Despertó con un ruido a su espalda. Escuchaba los pasos de varias personas que lentamente aparecieron ante él. Todas vestidas de negro con largas túnicas. Llevaban enormes capuchas que sólo dejaban entrever unas mascaras blancas con expresiones horrendas, como de terror y risa al mismo tiempo. A Fermín se le paso por la cabeza el coro de una tragedia. Hacían un total de seis. Allí se quedaron silenciosos, de pie, mirando al reo. La situación se alargó durante unos minutos interminables. Fermín estaba cansado de vivir. Quería que la farsa terminase cuanto antes. Sabía lo que iba a suceder. Tras el cambio de régimen la gente como el no estaba bien vista. La gente como él. Las elecciones se habían desarrollado con normalidad. El presidente partía con ventaja pero finalmente Aniceto Amparzurmian había ganado las elecciones. Incluso él mismo lo había votado. La democracia se demostró como un sistema fallido. Ya antes lo había dejado entrever, pero no de una manera tan clara para él. La democracia no da segundas oportunidades, no rectifica, lo hecho hecho está. Amparzurmian tomo el poder e hizo lo que pretendía, crear una sociedad justa. Una sociedad en la que los que se lo hicieran pasar mal a los demás no saliesen impunes.

 

Fermín volvió a escuchar unos pasos. Ninguno de los espantajos delante de él se movía. La persona a su espalda se le acercaba. Le tocó suavemente la cabeza. Jugó con su pelo por unos segundos. Ante sus ojos aparecieron unos bonitos zapatos, con la suela de madera. Las rodillas que estaban a la altura de sus ojos se flexionaron dentro de unos pantalones de lino púrpura. Dos delicadas manos se apoyaron en el suelo a los lados de las piernas. En la de la derecha pudo ver un anillo de un generoso tamaño con la representación de unos arándanos del color del pantalón en su interior. Se sorprendió, no podía creerlo. Alzó un poco la vista y allí estaban. Sus ojos, esos ojos que convencían, que conseguían sus objetivos.

- Hola querido Fermín. Supongo que sabrás quien soy. Pero por si la desinformación te lo diré. Soy Aniceto Amparzurmian presidente de vosotros todos. Estoy aquí para ajusticiarte, lo haré personalmente. Es una deferencia reservada a las personas como tú. Pues habéis sido vosotros los que me habéis traído hasta aquí, los que me habéis hecho como soy. Los que me habéis hecho engendrar en mi alma el odio suficiente para llegar a donde he llegado. Bueno querido Fermín, ingeniero aeronáutico, llegó la hora de volar sin alas, sin motor, sin cálculos de rumbo y sin torre de control. El hombre no está hecho para volar y eso lo comprobarás ahora en primera persona. Vuestra perversión mental, vuestra estúpida manía de querer ir más allá. Vuestras ansias de conocimiento, de optimizar el combustible, de ir mas rápido, mas alto, más rápido, más alto – Amparzurmian levantaba los brazos y la voz, colérico- más rápido, más alto… putos monos saltando de árbol en árbol a decenas de metros, bordeando la muerte. Hace miles de años que dejamos eso atrás. Sois mutaciones, involuciones, no formáis parte de la especie humana. Lo único que hacéis es crear miedo, ansiedad en las personas de bien. Merecéis pagar por ello. Perpetuáis un camino tomado erróneamente hace años. Insistís en la perversión. Pues yo digo, ¡morid! Y seré yo la mano ejecutora, os odio y habrá un día en que pueda decir que fui yo el que acabó con vosotros. Escoria.

 

“El coro” se acerco a Fermín. Actuaban mecánicamente. Ya habían representado la farsa miles de veces antes y aún miles les aguardaban. Lo liberaron para introducirlo en un agujero que se abría ahora ante él en el límpido suelo de la estancia. Cayó unos metros por el agujero y un peso blando cayó justo encima de él, le impedía moverse. Estaba hecho una especie de ovillo. Habló una voz. Era Aniceto Amparzurmian: “Teme la caída. Teme la caída.”

Escucho un pequeño  resorte tras de sí y se vio impulsado a una velocidad endiablada por otra especie de tubo que en la negritud de su última estancia no había visto. La luz se acerco a tal velocidad que no le dio tiempo a pensar en ella. Salió disparado como un pelele. Hacia arriba entre las nubes. Justo al salir había notado un crujido en su cuello y no era capaz de moverse, no podía estabilizar su posición. Volaba como rodando. Tras bastante tiempo de ascenso comenzó a sentir la atracción de la superficie. Iba a caer en lo que a unos dos mil metros de altura parecía una colina de cuerpos. Cerró los ojos y disfruto de la caída. “A volar Fermín. Vamos a hacer piña con esa gente como tú.”

re presión (I)

February 19, 2008 by berobreo

-Alto, deténgase o abrimos fuego.

-(Mierda, qué hago. Lo sabía. Ya me lo decía mi padre, para antes de que sea tarde).

-¡¡Alto!!

-(Quien me mandaría a mi. Aunque bueno tampoco podía prever esta deriva. Ya se sabe la política nunca tiene derroteros claros, ni puteros caros, más que nada por los posibles favores).

- Así está bien. Quietecito.

-(Bueno, calma. A ver si pasa sin más).

-Documentación.Fermín entregó su identificación contando con que su aspecto les hiciese ser benévolos. Nada en su fisonomía podría identificarse con la topología de un delincuente (siempre siguiendo los tratados actuales de morfología criminal). Aunque la pequeña carrera que había dado cuando los vio no jugaba a su favor.

-¿Es usted ingeniero aeronáutico?

-(Mierda).

-¿Señor?

-Si

-Por favor, acompáñenos.

-(Recuerdo perfectamente el momento; “¿Aeronáutico o naval?”. Los barcos me gustaban, pero el encanto de volar siempre estuvo latente. Desde pequeño siempre estuve en contacto con las gaviotas; “Aeronáutico, si. No se hable más”. Así, lo decidí con más facilidad que una película en el video club. Esta es mi recompensa.)

-Desnúdese que le vamos a numerar.Los guardias recogieron sus ropas del suelo. Lo ataron de pies y manos contra el muro, con una especie de grilletes de cuero.Un operario sujetaba un hierro apoyado en las brasas. Cuando estuvo bien caliente imprimieron el número trescientos setenta y siete en su muslo. Fermín sólo acertó a emitir una suerte de gemido gutural que no llego a apenar en lo mas mínimo al guardia que efectuaba la operación.

-En unas horas le confirmaremos la fecha. Fermín se retorcía de dolor en la esquina de la celda.

-(Yo sólo pretendía diseñar aviones. No quería hacer mal a nadie. Puto Aniceto Amparzurmian. Y pensar que voté por él.) 

El espacio donde se encontraba era blanco, aséptico. Solamente se veía interrumpido por una especie de catre de cemento de dudosa comodidad y por un agujero en el suelo en una de las esquinas del habitáculo. Por el olor que ascendía del agujero Fermín supuso, acertadamente, que era el lugar donde debía depositar los sobrantes de la comida ingerida. Aunque todavía se preguntaba qué sobrantes, pues le daba la impresión de llevar allí encerrado varios días y todavía no se habían dignado a llevarle un mísero pedazo de pan.El guardia entro en la celda.

- Será esta noche a las veintidós horas.

-¿será? ¿Qué será esta noche?

El guardia no contestó. Se dio la vuelta y salió. Cerró la puerta tras de si. No había rastro en la pared de que segundos antes alguien hubiese entrado en la habitación. No había ni rastro de la juntura de la puerta. Fermín, impotente y sintiendo todavía el dolor de la marca del hierro, golpeó el muro hasta caer extenuado. 

Le hicieron volver en sí unas manos agarrándole las muñecas y los tobillos. Se encontraba tan débil que ni siquiera opuso resistencia. Le condujeron en volandas hasta una habitación tan blanca y tan aséptica como la celda pero sin catre y sin agujero. Lo situaron en el centro de la estancia. Lo encadenaron de pies y manos a unos grilletes que salían del suelo. Quedó allí sentado, indefenso, vencido, desganado incluso para suspirar. Se durmió.

(continuara…)

CARPE DIEM

February 13, 2008 by berobreo

No pretendía ahondar en la desesperación de su compañero pero cuando Arístides Pereira le hizo notar que la gangrena se acercaba ya peligrosamente a la ingle Bernardo no pudo más que sumirse en una súplica silenciosa, queda, una especie de mantra.

Bernardo Raimúndez se arrepintió de todo el tiempo pasado entre risas y cigarrillos liados, convaleciente y sin prestarle atención a sus heridas, que él pensaba superficiales. Ahora se percataba cuan acertado era ese chascarrillo que había hecho suyo, esa muletilla que fuera su orgullo antaño: “¿El futuro?, qué es sino una ilusión”.

¡¡A la mierda!!

February 12, 2008 by berobreo

No había ningún motivo en el mundo para que lo hiciera, pero la conexión que lo unía con la vida decidió dejar de trabajar. Comenzó una huelga en el momento menos pensado, nunca más la volvieron a contratar. Despido inmediato. En estas esferas cerebrales la huelga está muy mal vista, corta la cadena, ¡y de que modo!. Ademas hay puestos fundamentales en los que la dejación de funciones tiene consecuencias desastrosas. Es vergonzoso. Esto debería estar castigado de forma ejemplar. Es moralmente inaceptable. Alguien tendría que tomar cartas en el asunto. Señora conexión de la vida y la muerte, retráctese de inmediato, vuelva a su puesto. ¡Ah!, que es demasiado tarde. Pues entonces váyase usted ¡¡a la Mierda!!

para noé

el cuenta cuentas

February 7, 2008 by berobreo

Kanubaal Didarca era un hombre enjuto. Delgado como un bimbio. Del color de las olivas tiernas. Y con los cabellos de un gris negruzco. Solía sentarse con las piernas cruzadas, a la sombra del templo de Ishtar. Todo el cuerpo bajo su enorme turbante. Normalmente sus manos cerradas no contenían más que sudor y él contemplaba la vida pasar.

Un día un montón de niños se arremolinaron a su alrededor, embelesados. Con un ábaco en su regazo comenzó: “Érase una, dos, tres…”