Despertó con un ruido a su espalda. Escuchaba los pasos de varias personas que lentamente aparecieron ante él. Todas vestidas de negro con largas túnicas. Llevaban enormes capuchas que sólo dejaban entrever unas mascaras blancas con expresiones horrendas, como de terror y risa al mismo tiempo. A Fermín se le paso por la cabeza el coro de una tragedia. Hacían un total de seis. Allí se quedaron silenciosos, de pie, mirando al reo. La situación se alargó durante unos minutos interminables. Fermín estaba cansado de vivir. Quería que la farsa terminase cuanto antes. Sabía lo que iba a suceder. Tras el cambio de régimen la gente como el no estaba bien vista. La gente como él. Las elecciones se habían desarrollado con normalidad. El presidente partía con ventaja pero finalmente Aniceto Amparzurmian había ganado las elecciones. Incluso él mismo lo había votado. La democracia se demostró como un sistema fallido. Ya antes lo había dejado entrever, pero no de una manera tan clara para él. La democracia no da segundas oportunidades, no rectifica, lo hecho hecho está. Amparzurmian tomo el poder e hizo lo que pretendía, crear una sociedad justa. Una sociedad en la que los que se lo hicieran pasar mal a los demás no saliesen impunes.
Fermín volvió a escuchar unos pasos. Ninguno de los espantajos delante de él se movía. La persona a su espalda se le acercaba. Le tocó suavemente la cabeza. Jugó con su pelo por unos segundos. Ante sus ojos aparecieron unos bonitos zapatos, con la suela de madera. Las rodillas que estaban a la altura de sus ojos se flexionaron dentro de unos pantalones de lino púrpura. Dos delicadas manos se apoyaron en el suelo a los lados de las piernas. En la de la derecha pudo ver un anillo de un generoso tamaño con la representación de unos arándanos del color del pantalón en su interior. Se sorprendió, no podía creerlo. Alzó un poco la vista y allí estaban. Sus ojos, esos ojos que convencían, que conseguían sus objetivos.
- Hola querido Fermín. Supongo que sabrás quien soy. Pero por si la desinformación te lo diré. Soy Aniceto Amparzurmian presidente de vosotros todos. Estoy aquí para ajusticiarte, lo haré personalmente. Es una deferencia reservada a las personas como tú. Pues habéis sido vosotros los que me habéis traído hasta aquí, los que me habéis hecho como soy. Los que me habéis hecho engendrar en mi alma el odio suficiente para llegar a donde he llegado. Bueno querido Fermín, ingeniero aeronáutico, llegó la hora de volar sin alas, sin motor, sin cálculos de rumbo y sin torre de control. El hombre no está hecho para volar y eso lo comprobarás ahora en primera persona. Vuestra perversión mental, vuestra estúpida manía de querer ir más allá. Vuestras ansias de conocimiento, de optimizar el combustible, de ir mas rápido, mas alto, más rápido, más alto – Amparzurmian levantaba los brazos y la voz, colérico- más rápido, más alto… putos monos saltando de árbol en árbol a decenas de metros, bordeando la muerte. Hace miles de años que dejamos eso atrás. Sois mutaciones, involuciones, no formáis parte de la especie humana. Lo único que hacéis es crear miedo, ansiedad en las personas de bien. Merecéis pagar por ello. Perpetuáis un camino tomado erróneamente hace años. Insistís en la perversión. Pues yo digo, ¡morid! Y seré yo la mano ejecutora, os odio y habrá un día en que pueda decir que fui yo el que acabó con vosotros. Escoria.
“El coro” se acerco a Fermín. Actuaban mecánicamente. Ya habían representado la farsa miles de veces antes y aún miles les aguardaban. Lo liberaron para introducirlo en un agujero que se abría ahora ante él en el límpido suelo de la estancia. Cayó unos metros por el agujero y un peso blando cayó justo encima de él, le impedía moverse. Estaba hecho una especie de ovillo. Habló una voz. Era Aniceto Amparzurmian: “Teme la caída. Teme la caída.”
Escucho un pequeño resorte tras de sí y se vio impulsado a una velocidad endiablada por otra especie de tubo que en la negritud de su última estancia no había visto. La luz se acerco a tal velocidad que no le dio tiempo a pensar en ella. Salió disparado como un pelele. Hacia arriba entre las nubes. Justo al salir había notado un crujido en su cuello y no era capaz de moverse, no podía estabilizar su posición. Volaba como rodando. Tras bastante tiempo de ascenso comenzó a sentir la atracción de la superficie. Iba a caer en lo que a unos dos mil metros de altura parecía una colina de cuerpos. Cerró los ojos y disfruto de la caída. “A volar Fermín. Vamos a hacer piña con esa gente como tú.”
