Constantine Borowski
Constantine Borowski supo a ciencia cierta que éste era el momento, sería huir ahora o condenarse a sabe Dios que torturas en habitaciones húmedas y mal olientes. La llegada de los rusos no era más que la guinda de un pastel encargado hace tiempo. Él no tenía escapatoria. Ser judío y colaboracionista no iba a estar muy bien visto en los tiempos que estaban por venir.
Emprendió un movimiento de fuga veloz. No se podía permitir contemporizar. A los pocos días de su salida de los aún territorios del Reich dio con sus huesos en uno de los abundantes refugios nazis diseminados por las Rías Baixas gallegas. Allí esperaría el momento. Debía esperar noticias; en que barco partiría hacia Sudamérica, cuál sería el puerto de llegada, su destino final junto con sus “correligionarios”…
A las tres semanas de espera perdió toda esperanza de recibir noticias de nadie del Partido. Estaba un poco triste y defraudado, pero en su interior había previsto esta situación un millón de veces, sólo cambiaban los contextos. Nunca lo habían tratado como a un igual. Esto era la evolución lógica de todos esos desprecios de antaño, de esas conversaciones con tonillos despectivos. Tantas esperanzas, promesas…
Decidió no perder más tiempo en las posibles variantes de su vida de no haber sido judío, de no haber colaborado, de haber dejado sus estudios a un lado por causa de sus intentos por medrar.
Se sabía un despojo y no pensaba en otra cosa que en la redención
Buscó una morada definitiva con la intención de asentarse en el lugar donde el destino le había escupido y de retomar sus estudios de comunicación animal. La experimentación era su vida, así había sido y así sería.
Definitivamente acomodó sus posaderas en una casa unifamiliar de modesto tamaño, en la parroquia viguesa de Chandebrito. Allí se aisló del devenir histórico, ajeno a todo lo que acontecía en el mundo.
Consiguió, a través del tendero del pueblo, una pareja de perros de raza totalmente indeterminada. Y con la sola compañía de estos canes y toda su prole pasó las siguientes cinco décadas. Todo lo que sus vecinos supieron de él en este tiempo es que su dieta se limitaba a repollo y unas cuantas variedades de chorizos y salchichas y que de su casa sólo salían ladridos y gritos en alemán.
Un día Borowski, ya octogenario, salió de su casa al atardecer. Con el pecho henchido y los ojos perdidos en el horizonte, gritó al cielo: “Das Ende einer Ära!!”[1]
Entró de nuevo en la casa y presuroso subió las escaleras que le separaban del fallado. Allí la estampa era esperpéntica; en el centro de la estancia había un aparato enorme que la ocupaba casi toda. Era una esfera metálica con una pequeña pantalla de un tono verdoso. A ambos lados la esfera tenía unos altavoces tambien redondos. En la parte trasera tenía una especie de antena telescópica y dirigible.
Delante de la maquina había dos perros, macho y hembra, ladrando.
De los altavoces salían palabras en alemán: “Bitte mich Meo. Diese Situation ist unhaltbar”[2]
Constantine se coló por un lateral de la máquina y abrió la única ventana que había en el fallado. Comenzó a estirar la antena y a dirigirla hacia la ventana, hasta que salió más o menos un metro.Dentro ya sólo se escuchaban los ladridos pues las alocuciones en alemán habían cesado de emitirse por los altavoces. Constantine bajó a los perros a la parte de abajo y subió de nuevo a disfrutar de su invención.
Un paisano bajaba por el camino tirando de un carro lleno de toxos. Los perros de las fincas que bordeaban el paso se lanzaron vociferantes a los portalones, olisqueando por debajo de estos y ladrando y gruñendo. Los altavoces comenzaron a hablar: “Lage, Lage. Wie Sie es wagen, kommen Sie zu töten. Ich bin stark. Ich bin gefährlich. Außerhalb, wo denken Sie darüber?”[3]
Cuando el paisano hubo desaparecido de la estampa los últimos ladridos de los perros llegaban a la antena y la máquina traducía: “Er war nie passieren”, “ Sie können sagen, dass. Immer, wenn Sie Angst, nicht lernen”, “ Ha, ha, ha”, “Sehen Sie sich, dass Sonnenuntergang”.[4]
Los dos perros ascendieron a las partes altas de las fincas. El sol comenzaba ya a desaparecer entre la neblina rojiza del horizonte, se despedía del mundo dejando a su derecha a las islas cíes en la penumbra. Las gaviotas comenzaron a jalear el acontecimiento, sus graznidos se escuchaban por doquier. Uno de los perros se puso a aullarle a la estampa:
“Waves of the Sea von Vigo,
Wenn Sie sah mein Freund.
Gott gibt es Sie in Kürze?”[5]
[1] “El fin de una era”
[2] “Por favor me meo. Esta situación es insostenible”
[3] “Fuera, fuera. Como te atrevas a entrar te mato. Soy fuerte. Soy peligroso. Fuera, a donde crees que vas”
[4] -“Nunca se le ocurrirá entrar”
-“Y que lo digas”
-“Siempre consigues asustarlo, no aprende”
-“Ja, ja, ja”
-“Mira que puesta de sol”
Tags: relato