Alrepto Bertez tiene los ojos verdes, con pequeñas pintas amarillas contorneando las pupilas, que son de una oblicuidad característica, poco corriente. Alrededor del iris la realidad es grisácea, veteada aquí y allá con finos vasos sanguíneos de una tonalidad azulada. Las pestañas, que protegen sus ojos del polvo son inusualmente largas y afiladas. Las cejas arqueadas forman un ángulo en su punto medio y le dan una expresión de sorpresa constante aún cuando duerme. La nariz fina en su inicio se anchea en su descenso hacia la boca, que se dibuja en su cara como si una diestra mano hubiese hecho un fino trazo con un lápiz. Los labios pálidos se confunden con la piel que los rodea, de un color similar al de sus ojos. El corte de la cabeza es afilado y sus orejas, extraordinariamente grandes y alargadas, le confieren un aspecto cuando menos peculiar.
Lleva unos cuarenta minutos con los ojos abiertos y lo único que lo diferencia de un cadáver es el leve movimiento de su pecho al respirar. Un fino rayo de sol se proyecta en su pie derecho, que tiene los cinco dedos extraordinariamente arrejuntados. Los dedos comenzaron a moverse al unísono, al modo de las aletas de una foca, lentamente. Su cuerpo también inicio un movimiento pendular que fue in crescendo hasta que cayó estrepitosamente al suelo. Allí permaneció un momento interminable, boca abajo.
Lentamente colocó las manos con las palmas hacia el suelo elevándolas junto a su cabeza. Aparentemente sin mover un solo miembro comenzó a deslizarse por el suelo en dirección a la ventana. Una vez bajo esta se elevó pegando la parte delantera del torso en la pared.
Los débiles rayos de sol que conseguían acariciar su rostro llegaban exhaustos tras reptar por las paredes de los edificios de la estrecha callejuela hasta la ventana del primer piso.
Con un movimiento inesperado, por lo sorprendente y lo veloz, Alrepto pasó el tronco por una apertura de la ventana por la que aparentemente no tenía espacio para más que un brazo. Inmediatamente se dejó caer levantando las piernas y bajando el tronco bruscamente. Lejos de caer su cuerpo quedó adherido a la fachada del edificio. Comenzó a descender con dificultad, esquivando los motivos florales labrados en la piedra. Avanzaba como un río, evitando las dificultades del terreno. Tras una interminable travesía por la fachada del edificio, deteniéndose cada pocos centímetros, consiguió llegar al suelo de la calle, a escasos metros de la puerta del edificio. Ante él se abría una pequeña plaza en la que confluían tres pequeñas callejuelas viejas, empedradas, grises. Solamente un pequeño rectángulo de luz, que compartían el empedrado de la plaza y la fachada del edificio de Alrepto, diferenciaban la estampa del estereotipo de recuncho en el que Jack el Destripador haría honor a su nombre. En un movimiento inapreciable pero continuo, como si de una placa continental se tratara Alrepto llegó finalmente al lugar idóneo para su imprescindible baño de sol. Allí permaneció unos minutos eternos.
Repentinamente rompiendo de un plumazo la cadencia que había llevado toda la mañana se alzó sobre sus dos piernas y se puso a correr por una de las estrechas callejuelas. Lo único que quedó tras su “huida” fue una frase en el aire, mientras el recuerdo de Alrepto Bértez se desvanecía del lugar.
-Chssss. ¡A trabajar!