El primer pozasalgadense que salió a su encuentro fue un perro palleiro que, aparentemente sin amo, cuidaba el camino. Parecía exhortar al recién llegado sobre los peligros de adentrarse por esa senda, las maldiciones que podrían caer sobre sus hombros. Así como Romualdo dio un paso, el perro, de un color marrón sucio y con unas legañas que oscurecían aún más sus ojos, se escabullo entre los helechos. El camino comenzó a adoptar cierta inclinación y desde esta situación mas elevada podía verse el minúsculo valle con el pequeño y serpenteante río (si es que es este el nombre que se le puede atribuir a esta vergüenza del Miño) flanqueado solamente por tres viviendas. Tres casas de piedra gris, enmohecida y veteada de musgos y líquenes. Las tres de unas características similares pero muy diferentes entre sí. Tenían todo con lo que el demiurgo había dotado a la casa ideal; tejado, paredes, habitáculos bien diferenciados según su función, un poco de terreno de cultivo y un carballo.
Romualdo había sido informado de que distinguiría su nueva casa por una veleta coronada por una rana situada en el tejado. Era la segunda bajando por el camino, debía estar a unos doscientos metros de la primera. El señor Barciademera todavía seguía un poco turbado por el primer encuentro con el can cuando llegó a la altura de la primera casa, echo un vistazo a la fachada y vió como se movía un pequeño visillo de una de las ventanas del piso superior. Esto no le sorprendió, ya habían sido alertados. Unos metros mas alante, justo al terminar la fachada había un portalón metálico, con verja en la parte superior, Romualdo pudo ver allí dentro, mirándole con indiferencia directamente a los ojos, al orador canino muy tranquilo ahora en sus dominios. Siguiendo camino abajo Romualdo deambulaba melancólico por la acción de la vegetación en su espíritu, los árboles a su alrededor, con sus olores y sus voces, le abrían puertas a recuerdos de infancia. Llegó a la puerta de su nueva casa casi sin darse cuenta, metió la mano en el bolsillo y con una gran llave de hierro abrió la pesada puerta de madera. La casa era de una sencillez extrema, los muebles brillaban por su ausencia, los justos para una persona parca en posesiones, justo el caso del señor Barciademera. Vació su maleta en el armario de la habitación. Una vez ordenadas todas sus cosas decidió dormir una pequeña siesta antes de dar una vuelta por la zona para darse a conocer entre los lugareños con la intención de publicitar sus servicios, pues le habían informado en la empresa de que este puesto no había sido solicitado por las autoridades locales, sino que habían sido ellos de motu propio los que se habían interesado en la extensión de actividades a esta zona.
El señor Barciademera despertó agitado, con cierto sobresalto. Lo ultimo que recordaba era al perro del vecino sentado junto a el en una especie de taberna compartiendo una botella de orujo y hablando distendidamente sobre los beneficios de la vida en el rural. Romualdo se puso la chaqueta y salió dispuesto a ir en primer lugar al ayuntamiento para presentarse a las autoridades. Salió de casa y bajó el camino, a medida que se iba allanando la pendiente el camino comenzaba a discurrir a la vera del río y unos metros más alante vio la última casa de pozasalgada, justo antes de adentrarse en la parroquia de Arandia, centro administrativo y comercial del pueblo. Allí se encontraban el ayuntamiento, el mercado de abastos y el bar.
Una vez ante la puerta de la casa consistorial un bedel le informó que el alcalde no se encontraba en estos momentos pero que seguramente podría encontrarlo en el bar al otro lado de la plaza. Romualdo se dirigió hacia allí preguntándose si la función del alcalde tendría algún tipo de utilidad en este lugar tan disgregado.
Al pasar la puerta del bar (situado en una casa de piedra con soportales en su frente) sus ojos tuvieron que acostumbrarse a la poca luz. Tras unos segundos Romualdo se encontró en un reducido espacio cuadrado, con las paredes encaladas y con dos grandes barriles a modo de mesas en sus lados. Al fondo se veía una pequeña barra de madera (un tablón sobre cuatro barriles) tras la que una mujer de edad indeterminada pelaba patatas. En uno de los barriles dos hombres callados miraban fijamente al señor Barciademera. Uno de ellos era pequeño, no debía medir más de un metro cincuenta y cinco. Era viejo, o al menos eso indicaba su rostro, llevaba una boina que tapaba su duro pelo gris. El otro de unos cincuenta años y con buen porte, sujetaba un bastón en la mano derecha, demasiado corto como para servir de apoyo a un hombre de su envergadura. Romualdo en seguida reconoció en el al alcalde. Los hombres compartían bebida de una jarra blanca, a pesar de que sus vasos estaban vacíos el color de sus labios delataba al vino que les acompañaba.
(continuará…)
March 7, 2008 at 12:28 pm |
Voy a tocarte un poco los huevos, que no todo va a ser dorarte la píldora.
Según el Diccionario Panhispánico de Dudas: “En el habla esmerada debe evitarse la forma alante, usada con frecuencia en la lengua popular e incluso entre hablantes cultos en situaciones informales: «El que se atiene a esos postulados va para alante» (Onda Cero [Esp., corpus oral] 5.5.97)”.
Hala chaval, sigue dándole que yo ya espero impaciente la continuación de la historia del Sr. Barciademera.
P.D: Leíste “los gozos y las sombras” de Torrente Ballester?
March 10, 2008 at 5:03 pm |
Mi corrector del wordperfect ya me habia puesto sobre aviso del error pero mi ofuscación mental ante tantas posibilidades de cambio me hizo tirar p’alante y dejarlo como estaba…
p.d: por cierto “los gozos y las sombras” una telenovela espectacular… con situaciones y personajes cojonudos…
un bico gordo