Archive for March, 2008

el portal (IV)

March 19, 2008

Una vez dentro de la casa Romualdo invitó a tomar asiento a… -Disculpe, ¿su nombre?

-Puede usted llamarme vecino. Vivo en la casa del camino, esa que esta llendo al ayuntamiento.

El señor Barciademera se extrañó sobremanera con la contestación, pero no quiso incidir mas en el asunto del nombre pues tenía la impresión de que el Vecino era un tipo con malas pulgas. Así pues Romualdo comenzó a exponer los servicios que solía realizar; escritura y lectura de cartas fundamentalmente y en ocasiones talleres de aprendizaje del uso de las letras. Habló tambien de sus tarifas y los lugares que habían tenido la suerte de contar con sus servicios, de los tipos de cartas que había escrito, de su especialidad en redactar anónimos amorosos, de la satisfacción de sus anteriores clientes, de la estima en  que le tenía la dirección de la compañía…

El Vecino no parecía prestar mucha atención y tras unos minutos de monólogo del señor Barciademera espetó un “pues escriba que para eso le pago”. Romualdo un poco irritado se acerco a un pequeño armarito que había en el salón, en el que había guardado sus enseres de trabajo. Caminaba cabizbajo, pensativo, planteándose si esta actitud sería exclusiva del Vecino o si los malos modos serían la manera habitual de interactuar en este extraño lugar que era Ribeira de Arandia.

Una vez estuvo sentado a la mesa junto al Vecino, éste comenzó a dictar:

” Querido mio, siento escribirte esta primera misiva de nuestras vidas para darte tan mala noticia. Querido mio vas a morir. Yo te mataré. Atentamente tu vecino.”

Romualdo terminó de escribir y levantó la cabeza, asustado. –Pero…esto es una broma, ¿no?

-Deme usted esa carta y no diga una palabra de esto. El Vecino arrancó la carta de las manos de Romualdo y le tiró encima de la mesa unas cuantas monedas. Se dió la vuelta y salió por la puerta sin despedirse siquiera. Romualdo se quedó inmovil, turbado por lo que acababa de escribir. Una amenaza de muerte. En sus largos y abundantes años como escribano jamas se había visto en situación similar. Tras pasar un largo rato meditabundo llegó a la conclusión de que todo era una broma de iniciación del Vecino, como el primer paso de un largo proceso que terminaría con la aceptación por parte de los lugareños.

Al día siguiente el señor Barciademera se levantó temprano. Tomó un desayuno compuesto por un zumo de naranja y unas tostadas de pan con aceite. Tras darse una ducha salió al jardín a echar una ojeada ya que se percato de que en el tiempo que llevaba en la casa todavía no le había prestado atención, solamente lo había visto de pasada el día de su llegada.

La verdad es que estaba bastante descuidado, la primera vez que lo vio le había parecido un poco más bonito, agradable. El seto que separaba el terreno del monte circundante, en la parte sur de la finca parecía una especie de afro gigante, como los pelos de los brazos cuando te quitas una camisa cargada con electricidad estática. En sólo unos dias daba la impresión que había doblado su tamaño. Alrededor de los frutales se amontonaban limones y manzanas ya maduros y parecía que las silvas querían tomar al asalto la finca saltando el muro de piedra que la cerraba por el este. Romualdo decidió acercarse hasta el bar para informarse de si había alguien en el pueblo que se encargase de adecentarle el jardin.

(continuará…y ya queda menos)

el portal (III)

March 10, 2008

-Buenas tardes. ¿Señor alcalde?. Dijo Romualdo alargando la mano hacia el mas grande de ellos.
-Para servirle. Contestó este, sonriente. -¿Con quién tengo el gusto de hablar?.
-Me llamo Romualdo Barciademera. Me han dicho que estaba usted aquí y vengo a presentarle mis servicios, por si usted me puede ayudar a hacerme conocer entre el vecindario.
-¿Y cúal es su labor, señor Barciademera?. Por cierto me llamo Iván Bértez. Dijo el alcalde mientras indicaba a la camarera que trajese otro vaso.
-Soy escritor, señor Bértez. Escritor de cartas. La compañía para la que trabajo ofrece un servicio de escritura de misivas destinado a gente incapaz de ello. Nuestro servicio de información nos ha dado un informe en el que situan a Ribeira de Arandia a la cabeza del analfabetismo de la nación.
-Si lo que pretende es insultar a los Arandeses puede usted irse por donde ha venido, señor Barciademera.
-No discúlpeme alcalde, no era mi intención que se tomase a mal mis palabras. La compañía sabe que las causas del analfabetismo tienen una raiz social, en absoluto relacionadas con la inteligencia. Nosotros prestamos el servicio con la finalidad de facilitar las relaciones entre los arandeses.
La mujer posó el vaso en el barril delante de Romualdo-No gracias. Dijo este.
-¡Niega nuestro vino!. Interpuso airado el señor bajito, que daba así la primera señal de estar todavía vivo.
Romualdo se encontró realmente incómodo por como estaba derivando la conversación. Le daba la impresión de que sus interlocutores estaban un poco a la defensiva. Volvió a disculparse ante el alcalde y el señor bajito. Explicó que su negativa al convite tenía razones de salud e intentó redirigir la conversación al ámbito del que nunca debia haber salido, el meramente laboral.
- Señor Bértez, y compañía, sólo le pido si puede publicar el sevicio que ofreceré a los arandeses en el próximo bando municipal. Los interesados se podrán poner en contacto conmigo en la segunda casa de Pozasalgada. Seguramente pasaré allí la mayor parte del día, de todos modos supongo que nos volveremos a ver por aquí.
Romualdo se despidió con una gran reverencia y reiterando sus disculpas. Por dentro marchaba decepcionado, pues pensaba que su introducción en la sociedad arandesa no podía haber sido más desafortunada. De todos modos estaba convencido de que sus servicios serían útiles a los arandeses y no tardaría en comenzar a recibir encargos. Llegando a su casa le pareció extraño ver a una persona a la puerta de la vivienda. Se sorprendió aún más cuando se dió cuenta que se trataba del señor bajito que minutos antes compartía bebida en el bar con el alcalde. No comprendía como la había podido adelantar, pues no había visto ningún camino que llegase a Pozasalgada que no fuese el que el había tomado desde la plaza del ayuntamiento.
Cuando ya estaba a unos metros de la puerta el señor bajito se le acercó.
-Hola de Nuevo. Dijo Romualdo
-Buenos días, venía a informarme un poco más sobre sus servicios.
-Pase, pase, por favor
Romualdo abrió la puerta invitando a pasar a su posible primer cliente (el señor Barciademera no podia dejar de estar tenso recordando el encuentro con el señor bajito en el bar).

(continuará… y espero que pronto)

el portal (II)

March 6, 2008

El primer pozasalgadense que salió a su encuentro fue un perro palleiro que, aparentemente sin amo, cuidaba el camino. Parecía exhortar al recién llegado sobre los peligros de adentrarse por esa senda, las maldiciones que podrían caer sobre sus hombros. Así como Romualdo dio un paso, el perro, de un color marrón sucio y con unas legañas que oscurecían aún más sus ojos, se escabullo entre los helechos. El camino comenzó a adoptar cierta inclinación y desde esta situación mas elevada podía verse el minúsculo valle con el pequeño y serpenteante río (si es que es este el nombre que se le puede atribuir a esta vergüenza del Miño) flanqueado solamente por tres viviendas. Tres casas de piedra gris, enmohecida y veteada de musgos y líquenes. Las tres de unas características similares pero muy diferentes entre sí. Tenían todo con lo que el demiurgo había dotado a la casa ideal; tejado, paredes, habitáculos bien diferenciados según su función, un poco de terreno de cultivo y un carballo.

Romualdo había sido informado de que distinguiría su nueva casa por una veleta coronada por una rana situada en el tejado. Era la segunda bajando por el camino, debía estar a unos doscientos metros de la primera. El señor Barciademera todavía seguía un poco turbado por el primer encuentro con el can cuando llegó a la altura de la primera casa, echo un vistazo a la fachada y vió como se movía un pequeño visillo de una de las ventanas del piso superior. Esto no le sorprendió, ya habían sido alertados. Unos metros mas alante, justo al terminar la fachada había un portalón metálico, con verja en la parte superior, Romualdo pudo ver allí dentro, mirándole con indiferencia directamente a los ojos, al orador canino muy tranquilo ahora en sus dominios. Siguiendo camino abajo Romualdo deambulaba melancólico por la acción de la vegetación en su espíritu, los árboles a su alrededor, con sus olores y sus voces, le abrían puertas a recuerdos de infancia. Llegó a la puerta de su nueva casa casi sin darse cuenta, metió la mano en el bolsillo y con una gran llave de hierro abrió la pesada puerta de madera. La casa era de una sencillez extrema, los muebles brillaban por su ausencia, los justos para una persona parca en posesiones, justo el caso del señor Barciademera. Vació su maleta en el armario de la habitación. Una vez ordenadas todas sus cosas decidió dormir una pequeña siesta antes de dar una vuelta por la zona para darse a conocer entre los lugareños con la intención de publicitar sus servicios, pues le habían informado en la empresa de que este puesto no había sido solicitado por las autoridades locales, sino que habían sido ellos de motu propio los que se habían interesado en la extensión de actividades a esta zona.

El señor Barciademera despertó agitado, con cierto sobresalto. Lo ultimo que recordaba era al perro del vecino sentado junto a el en una especie de taberna compartiendo una botella de orujo y hablando distendidamente sobre los beneficios de la vida en el rural. Romualdo se puso la chaqueta y salió dispuesto a ir en primer lugar al ayuntamiento para presentarse a las autoridades. Salió de casa y bajó el camino, a medida que se iba allanando la pendiente el camino comenzaba a discurrir a la vera del río y unos metros más alante vio la última casa de pozasalgada, justo antes de adentrarse en la parroquia de Arandia, centro administrativo y comercial del pueblo. Allí se encontraban el ayuntamiento, el mercado de abastos y el bar.

Una vez ante la puerta de la casa consistorial un bedel le informó que el alcalde no se encontraba en estos momentos pero que seguramente podría encontrarlo en el bar al otro lado de la plaza. Romualdo se dirigió hacia allí preguntándose si la función del alcalde tendría algún tipo de utilidad en este lugar tan disgregado.

Al pasar la puerta del bar (situado en una casa de piedra con soportales en su frente) sus ojos tuvieron que acostumbrarse a la poca luz. Tras unos segundos Romualdo se encontró en un reducido espacio cuadrado, con las paredes encaladas y con dos grandes barriles a modo de mesas en sus lados. Al fondo se veía una pequeña barra de madera (un tablón sobre cuatro barriles) tras la que una mujer de edad indeterminada pelaba patatas. En uno de los barriles dos hombres callados miraban fijamente al señor Barciademera. Uno de ellos era pequeño, no debía medir más de un metro cincuenta y cinco. Era viejo, o al menos eso indicaba su rostro, llevaba una boina que tapaba su duro pelo gris. El otro de unos cincuenta años y con buen porte, sujetaba un bastón en la mano derecha, demasiado corto como para servir de apoyo a un hombre de su envergadura. Romualdo en seguida reconoció en el al alcalde. Los hombres compartían bebida de una jarra blanca, a pesar de que sus vasos estaban vacíos el color de sus labios delataba al vino que les acompañaba.

(continuará…)