Las líneas avanzan inapelables. Formando grandes rectángulos. Como teclas de un teclado, todas en su sitio. Sin conocer otra realidad que el orden eterno, la distancia precisa, la uniformidad. A veces cambia el patrón y los rectángulos se convierten en cuadrados incluso en triángulos, aunque estos últimos son menos frecuentes. Cualquier cosa es posible, cualquier forma, cualquiera que no se salga de la repetición y de la monotonía. Pero ¡zas! Llega un punto en que todo esto salta por los aires, que se echan por tierra -nunca mejor dicho- todas estas reglamentaciones, estos corsés. Un punto de no retorno, un lugar en que la realidad se transforma, se desfigura, cambia de olor, de color y da lugar al libre albedrío, a la anarquía. Tal vez este cambio se deja entrever antes, cuando de entre las líneas comienzan a nacer elementos discordantes, brotan informes, aleatorios… como un insulto a la perfección lineal. Como pequeños puntos que se rieran de la incapacidad de las líneas, puntos libres. Cada vez se hacen más recurrentes e incluso sucede a veces que la frontera entre los dos mundos no se define claramente debido al trabajo silencioso de estos puntos libres, de estos profetas del cambio. El verdor de estas primeras señales de vida contrasta con la blancura mortecina de esta linealidad inerte. Los pequeños brotes de plantas que se asientan en la acera deforman la monotonía de esta, prefiguran el espíritu aleatorio de la naturaleza. Ese conformismo del camino prefijado, esa representación de nuestra sociedad estancada, tiene poco que hacer en la naturaleza. Ella sólo deja hacer hasta donde le apetece y sólo convive con elementos que no le sean del todo hostiles, que se amolden a ella.
El señor Barciademera se encontraba dentro de un torbellino cognitivo, la simple visión del final de la acera de cemento que dejaba su lugar a un camino de tierra le había sumido en una digresión interminable sobre la dualidad de la creación, la capacidad de adaptación del ser humano y, subyacente siempre en sus cavilaciones, la incerteza sobre la naturaleza de las gentes que se encontraría en su nuevo destino, Ribeira de Arandia. Romualdo, pues ese era el nombre del señor Barciademera, ya había estado antes por estos lares, pero hacía tanto tiempo que casi no lo recordaba. Sólo recordaba haberse dado un buen homenaje en una tasca local, a base de pulpo y vino. Pero eso fue hace mucho tiempo y Romualdo ya no prueba el vino y ha dejado de tener presente el sabor del pulpo. En aquella ocasión Romualdo había llegado a Ribeira de Arandia por casualidad en una de sus múltiples excursiones vacacionales, pero esta vez… esta vez se encontraba allí por imperativo laboral.
Ribeira de Arandia era un pueblo muy pequeño, lo que los lugareños daban en llamar una aldea, dividida en parroquias y estas a su vez en lugares, lo que hacía que finalmente sus habitantes viviesen casi cada uno en circunscripciones administrativas distintas, sintiéndose así todos un poco diferentes de los demás y teniendo conciencia de grupo sólo cuando enfrentaban un elemento externo. De esto no tardo mucho en percatarse el señor Barciademera.
Romualdo llego a Ribeira en un coche de línea que unía de manera irregularmente regular la aldea con la capital de la provincia. Él pensaba que el trayecto tomaría a lo sumo una hora, pero debido a lo tortuoso de los caminos el señor Barciademera no llegó a la hora de comer, tal como había planeado, si no que llego algo mas tarde, a la hora de la siesta. Bajar del autobús solo (durante casi todo el trayecto había ido solo, pues el único hombre que compartió el coche de línea bajó con sus enseres una decena de paradas antes de cruzar el cartel de Ribeira de Arandia) y encontrarse con la desoladora imagen del pueblo vacío lo sumió en una especie de sensación de irrealidad de la que no salió hasta toparse de frente con la vereda que conducía a su nuevo hogar, segunda casa de la parroquia arandesa de Matalobos, lugar de Pozasalgada.
(continuara…)
March 4, 2008 at 5:31 pm |
Por qué me recuerda un poco a Boris Vian…..?
Otro abrazo, que hoy estoy cariñoso.
March 11, 2008 at 11:43 pm |
Tiene un aire regeneracionista… Unos caminos largos y polvorientos en los que jóvenes descalzos de mirada turbia y manos hinchadas esperaban inquietos con sus hoces a que el señor Barciademera diese la orden necesaria para dirigirse hacia el fortín provincial y volarlo por los aires.